miércoles, 20 de junio de 2007

Roberto don’t preach!

En buena hora y por primera vez, este foro virtual se erige en un púlpito que sacudirá la conciencia de nuestra juventud en éxtasis. ¡Escuchad muy atentamente esta edificante lección!

Primera lección: lealtad y honestidad

Tenía en la secundaria un maestro de matemáticas que era muy popular, se llamaba Martín Cañas y tenía incluso un séquito de alumnos incondicionales que le celebraban todas sus ocurrencias y que lo consideraban toda una autoridad, no sólo en matemáticas, sino en prácticamente cualquier asunto. Yo no lo soportaba (las personas que son idolatradas por la colectividad siempre me desagradan), pero la verdad no era mal profesor.

Ocurrió un día que un inspector de la SEP fue a hacer una visita a la clase de Martín Cañas. Este inspector de la SEP era lo más cercano al estereotipo de un inspector de la SEP, es decir, un bodrio absoluto. Con su aire cansino y su mojigatería el inspector difícilmente despertaba la simpatía de alguien.

Los inspectores de la SEP son tan burócratas, que a ninguno se le ha ocurrido todavía que su trabajo sería más eficaz si fuera por sorpresa (seguramente tienen que enviar un oficio a cada escuela que van a visitar, informando con precisión la hora de la visita). El caso es que, conociendo de antemano que habría una visita, el profesor Cañas tuvo la iniciativa de sugerirnos que actuáramos la clase. Sí, el presentaría un tema que habíamos visto la semana anterior (la regla de tres, por decir algo) y nosotros fingiríamos que era la primera vez que estudiábamos el tema. Habría algunas dudas, pero luego algunos de nosotros pasaríamos al pizarrón y demostraríamos que habíamos aprendido y dominado el nuevo tema con sorprendente rapidez. La visita sería todo un éxito, el inspector se iría con una muy buena impresión y las buenas nuevas de nuestra excelencia correrían hasta el último confín de la SEP, para máxima gloria del Colegio Madrid y —por supuesto— de Martín Cañas, el profesor estrella.

Supongo que nos pareció lógico solidarizarnos con nuestro profesor, quien planteó el asunto como si se tratara de hacer equipo: los alumnos y el profesor contra el burócrata. Fuimos un rebaño de obedientes ovejitas. Nadie se hizo el desentendido y exclamó ¡pero si acabamos de estudiar estos mismos ejemplos de regla de tres en la semana pasada! (y eso que en mi secundaria, no éramos precisamente dóciles). Nadie fue a la dirección a denunciar la farsa. Todos nos comportamos con la mayor naturalidad. La clase fue muy convincente y el inspector salió seguro de que no había grupo más aplicado ni profesor con mayores dotes pedagógicas. Al final, además de exaltar las muchas virtudes de Martín Cañas, el inspector se limitó a señalar que sería conveniente que TODOS los alumnos tomáramos notas; algo había que criticar.

No recuerdo haber tenido el sentimiento de que algo deshonesto hubiera ocurrido aquel día. Pienso incluso que todos hubiéramos visto muy mal que alguno pusiera en evidencia al profesor. Así de fuerte es esa nefasta estigmatización del soplón, que nos inculcan desde tan temprano; esa ética del grupito en la que se valora mucho más la lealtad que la honestidad. Hace poco —no se porqué— recordé el incidente, y me di cuenta de lo manipulador que fue el profesor, y de la pésima lección que nos dio (a pesar de todo lo bueno que fuera para explicar la regla de tres). Algo se habrá ganado por los buenos resultados de su montaje, tal vez una palmadita en la espalda de la directora de la secundaria.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Siento mucho, mi querido Roberto, no estar de acuerdo contigo esta vez. Me temo que es una opinión muy choteada, pero estoy convencido que la honestidad --incluso la verdad-- están absolutamente sobrevaluadas. De hecho, creo como Oscar Wilde que "un poco de sinceridad es una cosa peligrosa, mucha sinceridad es absolutamente fatal" y que "en asuntos importantes, lo vital es el estilo, no la honestidad". Por eso me atrevo a decir que una lección de actuación es más importante para un grupo de alumnos de secundaria que una lección de honestidad, especialemnte de un maestro de matemáticas.

Armando Morán dijo...

En este caso, se debe de actuar con valentía pero también con inteligencia: Se puede alabar al profesor y al mismo tiempo exigir que se actúe conforme a lo que nuestra conciencia.

Un ejemplo de que decir podría ser: "Pero profesor, usted es tan buen maestro, y nosotros tan buena clase, que inclusive lo que nos toca aprender se dará con excelentes resultados" Dependiendo de la reacción, se puede agregar "Así no tendremos que tener esta farsa que resulta innecesaria..."

Anónimo dijo...

las únicas farsas que valen la pena son precisamente las innecesarias... digo yo.

Enrique R dijo...

"Pure peer pressure". Es tan fuerte que te hace superar sentimientos tan arraigados como el pudor (miles de personas desnudas en el zócalo y Kike en un vestidor de hombres lo confirman).

Es de todos conocido que, en lo que concierne a este chilango cualquiera, la honestidad es muy importante.

Anónimo dijo...

Yo no podría estar más de acuerdo con Luis: la verdad y la honestidad (junto con la sensatez) están completamente sobrevaluadas!

Arriba las farsas, sobretodo las innecesarias! :P

Aunque no podemos negar que una de las razones por las que todos queremos tantiiiiiiisimo a Robert es por su eterna defensa de la honestidad y su implacable lucha contra la corrupción! :)