martes, 17 de julio de 2007

Conversación en el Jardín Botánico

La Constitución de la República Argentina contempla un estatus de protección especial para los gatos que habitan en los predios que actualmente ocupa el Jardín Botánico y otros parques adyacentes. En el año 87, un decreto presidencial concedió un estatus semejante a los gatos que resguardan el cementerio de la Recoleta. En un país sin monarquía, estos gatos son los primeros entre los ciudadanos. Sin embargo, a pesar de su situación de privilegio—y de su relativo aislamiento en las inmediaciones del Jardín Botánico—los gatos no son en absoluto reaccionarios. En general constituyen una elite liberal, si bien algo endogámica, que se ha caracterizado por mantener posiciones progresistas a lo largo de la atribulada historia del país. Gracias a las gestiones de amigos que trabajan en la cancillería, tuve la oportunidad de entrevistarme con uno de los líderes de esta distinguida comunidad de felinos.

Al llegar al Jardín Botánico, me esperaba una variopinta comitiva de recepción. Después de seguir los protocolos y las formalidades que son propios de estos actos, dos de los miembros de la comitiva me condujeron hasta una de las secciones del jardín con mayor privacidad. No hacía mucho frío, y algunos rayos del sol se colaban entre los Tipa Blanca (esta es un especie de árbol originario de Argentina. Sus ramas son peculiarmente ondulantes y aunque alcanzan una altura considerable, su follaje no es muy espeso). Apenas me senté en una banca, los dos gatos que me habían escoltado desaparecieron sigilosamente y casi de forma inmediata apareció junto a mi un impecable gato negro. Si no me equivoco, era el mismo gato negro que participó en la conferencia de prensa que representantes de las cúpulas políticas y empresariales argentinas ofrecieron en el momento más álgido de la última crisis, con el propósito de calmar a los mercados internacionales. El gato negro me saludó cortésmente y procedió a acurrucarse en mi regazo. Durante todo el tiempo que duró nuestra conversación, el gato negro me permitió que acariciara su lomo. No debe interpretarse con esto que él estaba siendo encajoso. Ésta es una deferencia que los gatos del Jardín Botánico tienen con los visitantes más selectos o con las personas que, como era mi caso, reciben una entrevista por recomendación de la cancillería.

El gato negro, aunque habla con franqueza y nunca recurre a respuestas retóricas, es bastante cauteloso al externar sus opiniones, que son siempre moderadas. Debo confesar que me intimidé un poco al hablar con un felino tan ecuánime e inteligente. El se dio cuenta perfectamente, y me hizo notar, que buena parte de lo que digo es una exageración o de plano una mentira. Me apenó un poco que el gato negro me pusiera en evidencia tantas veces, pero supongo que para él no fue ninguna novedad.

Hablamos un poco de todo, pero sobre todo de política y de economía. Desafortunadamente, por un compromiso que hice con el personal de la cancillería, mismo que no pienso deshonrar, me es imposible reproducir en este foro virtual las opiniones del gato negro. Lo que sí les puedo decir, es que antes de concluir nuestra entrevista le pregunté su opinión sobre asuntos meramente personales, que era lo que en verdad me interesaba más. Después de exponerle detalladamente mis proyectos a futuro y mi situación emocional, él hizo las siguientes dos observaciones: primera, que debería dejar de pensar en tantas banalidades y enfocarme a hacer cosas productivas, así no tendría que mentir tanto; y la segunda, que soy un necio descocado por codiciar al hombre del prójimo, y no porque esto constituya un pecado—que sí lo es—, sino porque yo llevo absolutamente todas las de perder en el asunto. Al parecer, no basta con desear las cosas intensamente para que se vuelvan realidad, la vida no es así.

Mientras escribo estas líneas, la polémica periodista Olga Wornat está siendo procesada por sugerir en un artículo (publicado en el semanario Metamorfosis) que algunos de los gatos del Jardín Botánico deberían ser castrados para contener la sobrepoblación que actualmente se observa. Ahora sí llegó demasiado lejos.

sábado, 14 de julio de 2007

Este invierno

Esta ciudad es en verdad bellísima, llena de plazas y palacios. Prácticamente no hay adefesios arquitectónicos. Hay un café en cada esquina. El café es bueno y la gente interesante. Ahora estoy en uno que me gusta particularmente. También es una ciudad para caminar, no para manejar una SUV; estar lejos de Estados Unidos tiene sus ventajas. La gente se viste mejor que casi en ninguna otra parte del mundo. Así es Barrio Norte, separada por la Avenida Santa Fe de la acumulación de ignominia que es Buenos Aires, con sus barrios wannabe. Los barrios wannabe folklóricos de La Boca y San Telmo, el barrio wannabe Soho que se llama, aunque no lo crean, “Palermo Soho”, el barrio de “Palermo Hollywood” (no me he tomado la molestia de visitar este último) y otros tugurios por el estilo; esperemos no terminar alguna noche en la orilla equivocada de la Avenida Santa Fe.

Hace una semana nevó por primera vez desde 1910. Con el frío me dan ganas de comer empanadas y alfajores. Toda la comida aquí engorda. Ahora el clima ha mejorado un poco. Estoy feliz porque en las próximas semanas voy a leer todo lo que quiera (ya tuve suficiente de caminar todo el día de arriba para abajo) y feliz de estar conociendo esta ciudad (incluso algunas cosas del lado malo). También me siento un poco solo. Creo que estoy muy intransigente en estos días y conocer gente nueva me resulta cada vez más difícil. Cada vez me gusta más la ropa cara, lo cual es de preocuparse si consideramos que técnicamente soy estudiante de nuevo. Seguiré con mi filosofía de no fijarme demasiado en los precios “hasta que la realidad nos alcance” (esa filosofía es una de las mañas que le aprendí a mi primer novio; Dios lo bendiga). Me gustó sobre todo un chaleco de cuero carísimo. Ya se que la idea de un chaleco de cuero suena imperdonable, pero este es un chaleco distinto al que segurmente se imaginan (distinto al menos a esos chalecos Guess que eran impresindibles hace quince años). A veces siento que soy un viejo prematuro. Como algunos compañeros de cierta institución académica de excelencia, cuyos nombres no voy a mencionar aquí. Cada vez me vuelvo más de derecha para algunas cosas; me pregunto hasta dónde llegaré. Espero que todo esto sea una etapa, pero me temo es sólo el principio.

martes, 26 de junio de 2007

Un Ángel

[Advertencia del editor: en esta entrega finalmente hay un poco de acción y Roberto incursiona, no muy afortunadamente, en el relato romántico y con tintes eróticos.]

Lo conocí por intermediación de mi amigo Rodrigo Salazar y del escultor Javier Marín. Rodrigo organizó una reunión para celebrar su cumpleaños y su reciente mudanza. No lo vi entrar por la puerta, pero de repente estaba ahí, en una esquina de la habitación. Irradiaba una luz discreta —tal vez yo era el único que podía notarlo— y me miraba fijamente. Su mirada no era furtiva. En los ojos de los ángeles no hay ansiedad. Era más bien como una mirada tutelar, como una mirada/sonrisa, que me decía de forma silenciosa que me acercara, que no tuviera miedo, por eso supe que era un ángel. En la tierra, este ángel utiliza el pseudónimo de Óscar; todavía no conozco su nombre verdadero. Ya lo había visto hace varios años, pero en ese entonces no me di cuenta de que Oscar era un ángel (…en nada sino en la belleza se distinguen de los mortales).

Yo le había regalado a Rodrigo un libro Javier Marín porque me parece que el trabajo de Rodrigo, quien es también un destacado artista plástico, guarda una cierta afinidad con la obra de Marín. Óscar había estado mirándome ya por algún tiempo. Yo no estaba seguro de cual sería la mejor forma de acercarme. Hasta que Óscar (¿casualmente?) decía que había visto precisamente una exposición de Javier Marín. Supe que era el momento. Óscar no habla demasiado, más bien, no necesita muchas palabras para expresarse, porque no tiene interés en decir cosas superfluas. Desde el principio me hizo sentir que estaba interesado en mí, pero tampoco parecía tener ningún interés en impresionarme. Por supuesto esto me impresionó mucho más.

Después de un rato, Óscar sugirió que le mostrara el libro de Javier Marín, que estaba en una habitación contigua. Una vez vimos el libro, Óscar se acercó a mi —despacio, muy tiernamente. Fue el beso más dulce y más largo y más sincero. No fue sólo un beso con la boca y con la lengua. Fue un beso con sus manos en mis orejas, y un beso con su nariz junto a mi nariz o un beso con mi cara apoyada en su cuello, y finalmente un beso de mirarnos fijamente, muy de cerca y sin apenas tocarnos. Ese fue el prime beso. Después de varios besos me dijo que lo siguiera a su morada celestial. Fue ahí, entre las nubes que cubre el cielo de la ciudad, que ocurrió otra revelación: pude ver sus piernas. Las más bellas piernas que han caminado por el cielo y por la tierra. Las mismas que han sido desde la antigüedad clásica el canon de belleza masculina, la inspiración de tantos artistas (¿también de Javier Marín?).

La noche había avanzado, entre las nubes asomaban los primeros rayos del sol. Algunas de las cosas más extraordinarias, como el encuentro con un ángel, pasan en el momento menos propicio. En unos pocos días comienzo un viaje, y no volveré a vivir en México en dos o tres años. Después de hablar tanto de la honestidad, no fui capaz de decirle nada de esto a Óscar. Era tan fácil engañarme un rato y pensar que esa noche era el comienzo de una historia. Ni siquiera pude disfrutar una mañana con él, tuve que irme temprano, porque ese día viajaba a Chetumal, para atender un tedioso asunto de trabajo. Óscar me abrazaba y me decía que no me fuera, que me quedara dormido a su lado. Cuando estaba así, tan cerca de su corazón, deseé nunca separarme, dulcemente olvidado de mis responsabilidades, de Chetumal y de cualquier otro lugar de la tierra, permanecer por siempre en el cielo y en los brazos de mi ángel. Antes de salir apresuradamente (de verdad pensé en un momento que no sería capaz de irme), Óscar me preguntó sin rodeos —los ángeles hablan siempre con franqueza, pues no conocen los complicados juegos que los hombres utilizan para ocultar sus verdaderos sentimientos— si quería volver a verlo.

miércoles, 20 de junio de 2007

Roberto don’t preach!

En buena hora y por primera vez, este foro virtual se erige en un púlpito que sacudirá la conciencia de nuestra juventud en éxtasis. ¡Escuchad muy atentamente esta edificante lección!

Primera lección: lealtad y honestidad

Tenía en la secundaria un maestro de matemáticas que era muy popular, se llamaba Martín Cañas y tenía incluso un séquito de alumnos incondicionales que le celebraban todas sus ocurrencias y que lo consideraban toda una autoridad, no sólo en matemáticas, sino en prácticamente cualquier asunto. Yo no lo soportaba (las personas que son idolatradas por la colectividad siempre me desagradan), pero la verdad no era mal profesor.

Ocurrió un día que un inspector de la SEP fue a hacer una visita a la clase de Martín Cañas. Este inspector de la SEP era lo más cercano al estereotipo de un inspector de la SEP, es decir, un bodrio absoluto. Con su aire cansino y su mojigatería el inspector difícilmente despertaba la simpatía de alguien.

Los inspectores de la SEP son tan burócratas, que a ninguno se le ha ocurrido todavía que su trabajo sería más eficaz si fuera por sorpresa (seguramente tienen que enviar un oficio a cada escuela que van a visitar, informando con precisión la hora de la visita). El caso es que, conociendo de antemano que habría una visita, el profesor Cañas tuvo la iniciativa de sugerirnos que actuáramos la clase. Sí, el presentaría un tema que habíamos visto la semana anterior (la regla de tres, por decir algo) y nosotros fingiríamos que era la primera vez que estudiábamos el tema. Habría algunas dudas, pero luego algunos de nosotros pasaríamos al pizarrón y demostraríamos que habíamos aprendido y dominado el nuevo tema con sorprendente rapidez. La visita sería todo un éxito, el inspector se iría con una muy buena impresión y las buenas nuevas de nuestra excelencia correrían hasta el último confín de la SEP, para máxima gloria del Colegio Madrid y —por supuesto— de Martín Cañas, el profesor estrella.

Supongo que nos pareció lógico solidarizarnos con nuestro profesor, quien planteó el asunto como si se tratara de hacer equipo: los alumnos y el profesor contra el burócrata. Fuimos un rebaño de obedientes ovejitas. Nadie se hizo el desentendido y exclamó ¡pero si acabamos de estudiar estos mismos ejemplos de regla de tres en la semana pasada! (y eso que en mi secundaria, no éramos precisamente dóciles). Nadie fue a la dirección a denunciar la farsa. Todos nos comportamos con la mayor naturalidad. La clase fue muy convincente y el inspector salió seguro de que no había grupo más aplicado ni profesor con mayores dotes pedagógicas. Al final, además de exaltar las muchas virtudes de Martín Cañas, el inspector se limitó a señalar que sería conveniente que TODOS los alumnos tomáramos notas; algo había que criticar.

No recuerdo haber tenido el sentimiento de que algo deshonesto hubiera ocurrido aquel día. Pienso incluso que todos hubiéramos visto muy mal que alguno pusiera en evidencia al profesor. Así de fuerte es esa nefasta estigmatización del soplón, que nos inculcan desde tan temprano; esa ética del grupito en la que se valora mucho más la lealtad que la honestidad. Hace poco —no se porqué— recordé el incidente, y me di cuenta de lo manipulador que fue el profesor, y de la pésima lección que nos dio (a pesar de todo lo bueno que fuera para explicar la regla de tres). Algo se habrá ganado por los buenos resultados de su montaje, tal vez una palmadita en la espalda de la directora de la secundaria.

martes, 12 de junio de 2007

A la iniciativa privada socialmente responsable

Hace algunos días recibí un correo de Leslie Morán, una de las monísimas funcionarias de la agencia que me apoyó para conseguir una beca. El propósito del correo de Leslie, además de saludarme y desearme la mejor de las suertes en mis estudios, era pedirme que redactara un testimonio de agradecimiento. Quería que compartiera cuál ha sido hasta el momento mi experiencia al recibir una beca y lo que significa para mí contar con el apoyo de la iniciativa privada socialmente responsable (en mi caso TV Azteca). Además, me sugería añadir alguna nota de agradecimiento a la persona/corporación que hace posible la beca. Estos testimonios los utilizarían para elaborar un material audiovisual mismo que será proyectado en la premiere de un filme norteamericano que la propia fundación está organizando a beneficio de futuros becarios.

Al principio, esta responsabilidad me causó una cierta zozobra. El testimonio de agradecimiento no es un género sencillo, sobre todo por su carácter elusivo. Si se pone demasiado énfasis en la parte descriptiva, se corre el riesgo de terminar escribiendo una crónica de gratitud, mientras que, en el otro extremo, si el texto se carga demasiado hacia lo reflexivo, puede terminar en un simple ensayo de cortesía. Es preciso mantener un equilibrio muy delicado entre descripción y reflexión, en el que lo más conveniente es atenerse a dos o tres situaciones concretas que servirán a manera de “ganchos” para amarrar con la realidad los elogios, que no divagaciones abstractas, de la virtud del destinatario del agradecimiento. No es la tabla del dos.
Sin embargo, en esta ocasión no me dejé amilanar por la complejidad de la encomienda. Mi más alto sentido del deber me orillaba a hacer todo cuanto estuviera en mis manos para retribuir de alguna forma la generosidad de mis benefactores y de paso corresponder las atenciones de Leslie. Así que durante algunas horas ignoré los persistentes exhortos de mi querido Yayo (quien funge como jefe en el organismo autónomo en el que trabajo) para que me concentrará en la revisión meticulosa de los informes, y me adentré en deliberaciones mentales sobre la expresión literaria más propicia para el agradecimiento.

Dichas deliberaciones arrojaron como conclusión que la clave para redactar testimonios de agradecimiento (y otros textos afines en el ámbito de las artes discursivas) consiste en tener muy presente el parecido de esta actividad con la ingeniera en procesamiento de alimentos. Por ejemplo, el ingeniero en procesamiento de alimentos enfrenta el dilema de provocar en el público consumidor algún entusiasmo por comer avena, siendo que la avena es, en sí misma, un alimento bastante ignominioso.

Así como el ingeniero en alimentos debe recurrir con liberalidad a una amplia gama de colorantes y los saborizantes para modificar la presentación y el sabor de la avena, era preciso que yo echara mano de todos los recursos a mi alcance para disfrazar, engalanar y sobrecargar mi experiencia. Máxime considerando que la experiencia en la que se fundaría mi testimonio era bastante simplona. Algo así como “conseguir la beca fue un engorro, aunque París (la Universidad de Chicago) bien vale una misa. Señores patrocinadores: muchas gracias por su generoso apoyo.” Por supuesto, esto no sirve como testimonio de agradecimiento, pero fue fácil —siguiendo el principio maximalista de sobresaturar el texto con elementos decorativos— transfigurar la escueta realidad en un caleidoscopio de ilusiones.

Después de una media jornada de extenuante trabajo de imaginar versiones pintorescas de la realidad, quedó un producto bastante comercial [nota del editor: para Roberto, la palabra “comercial” tiene invariablemente una connotación positiva]. El texto es corto pero eficaz. Además es muy emotivo y logra resaltar sin ningún pudor la vocación filantrópica, la probidad, la prestancia y la solvencia moral —ni que decir de la financiera— de mis patrocinadores. Además, el testimonio está cargado de un triunfalismo que yo no sentía desde el sexenio de Salinas. Creo que la catarsis llega cuando digo “[…] lo demás es mucho estudio, mucho trabajo, más lo que se acumule en el camino.” Sin embargo, como esta hay otras frases, cada una con su buena ración de excesos y licencias. En fin, todo un festín del optimismo que no queda mal parado ni frente a aquella canción, tan alegre, que interpretan a dueto Julieta Venegas y Diego Torres.

A Leslie le fascinó mi testimonio (a pesar de mi esmero, me preocupaba no cubrir las expectativas). Me dijo que lo difícil sería seleccionar una parte. Yo interpreto que con esto ella quería decir que todas las partes son buenas, aunque esto es debatible. En fin, quedé rebosante de satisfacción por el trabajo bien hecho y con un sabor dulzón en la boca que me regresa cada vez que pienso en lo inspirado que fue mi testimonio. ¡Espero poder asistir a la premiere!

martes, 5 de junio de 2007

Sugerencia para un sábado de verano

Ver pasar la tarde en el patio que hay a un costado de la torre Latino. El patio tiene esculturas y bancas y unas pocas flores. De un lado flanquea el patio el templo de San Francisco, que por su falta de ostentación da la impresión de haber sido una iglesia de pobres desde hace varios siglos. En contraste, cruzando Madero se alcanzan a ver la Casa de los Azulejos y el Edificio Guardiola. Al fondo hay una construcción que se cayó a medias en el terremoto. Ésta es la parte más importante, porque la construcción antigua enseña sus esqueletos de muros viejos y en estas ruinas está creciendo una pequeña colonia de plantas silvestres y de escaleritas de madera; una bellísima estampa del abandono.
El patio al costado de la Torre Latino es como un universo en si mismo, un espacio que no nunca hubiera existido de no ser por una inaudita acumulación de tragedias naturales y urbanísticas y de otros accidentes. En las tardes de los fines de semana el ambiente es casi tranquilo. Hay algún lector, algún turista, algunas parejas. El ruido de los concheros, de los organilleros y de los vendedores no penetra en el patio. Se puede pensar, incluso, en la palabra remanso. Hay una tendencia a estar a gusto en este universo, a quedarse.
Debido al horario de verano, a partir de mayo el comercio —formal e informal— se retira del Centro cuando todavía hay luz. Por lo tanto, es conveniente retirarse del patio antes de que anochezca y aprovechar esta oportunidad para caminar sin tanto sobresalto por las calles que todavía no han sido “gentrificadas” al norte y al oriente del Zócalo. Es particularmente interesante el paseo por la plaza de Santo Domingo y las cuadras aledañas, que en cuestión de minutos se transforman de centro neurálgico del contrabando de facturas a barrio de ritmo lento, en el que todavía conviven las vecindades y los monumentos del siglo XVIII. Es recomendable concluir esta parte del paseo en el Zócalo. Si hace mucho viento, el cielo estará tachonado de papalotes.
Todo habrá sido tan bonito, que ameritará una frase trillada. Sugiero decir algo así como “algunas de las mejores cosas de la vida sí son gratis”.
Para no concluir en blanco está visita al Centro, es apropiado citar a un grupo de buenos amigos para tomar la copa al anochecer (no necesariamente con las expresiones “tomar la copa” y “anochecer” que van cayendo en franco desuso). Al respecto, vale la pena mencionar que en el Centro Histórico hay innumerables locales que bien se merecen una visita, desde cantinas tradicionales hasta un par de bares chic que han germinado en los últimos tiempos. Ya para salir de un apuro, siempre se puede acudir a los bares de los Sanborn’s. El único lugar —de los que conozco— que recomiendo evitar a toda costa es el bar que se localiza en la planta baja del “hostal”, a espaldas de la Catedral (vaya y venga si usted tiene 18 años y lo que busca es levantarse un backpacker).