La Constitución de la República Argentina contempla un estatus de protección especial para los gatos que habitan en los predios que actualmente ocupa el Jardín Botánico y otros parques adyacentes. En el año 87, un decreto presidencial concedió un estatus semejante a los gatos que resguardan el cementerio de la Recoleta. En un país sin monarquía, estos gatos son los primeros entre los ciudadanos. Sin embargo, a pesar de su situación de privilegio—y de su relativo aislamiento en las inmediaciones del Jardín Botánico—los gatos no son en absoluto reaccionarios. En general constituyen una elite liberal, si bien algo endogámica, que se ha caracterizado por mantener posiciones progresistas a lo largo de la atribulada historia del país. Gracias a las gestiones de amigos que trabajan en la cancillería, tuve la oportunidad de entrevistarme con uno de los líderes de esta distinguida comunidad de felinos.
Al llegar al Jardín Botánico, me esperaba una variopinta comitiva de recepción. Después de seguir los protocolos y las formalidades que son propios de estos actos, dos de los miembros de la comitiva me condujeron hasta una de las secciones del jardín con mayor privacidad. No hacía mucho frío, y algunos rayos del sol se colaban entre los Tipa Blanca (esta es un especie de árbol originario de Argentina. Sus ramas son peculiarmente ondulantes y aunque alcanzan una altura considerable, su follaje no es muy espeso). Apenas me senté en una banca, los dos gatos que me habían escoltado desaparecieron sigilosamente y casi de forma inmediata apareció junto a mi un impecable gato negro. Si no me equivoco, era el mismo gato negro que participó en la conferencia de prensa que representantes de las cúpulas políticas y empresariales argentinas ofrecieron en el momento más álgido de la última crisis, con el propósito de calmar a los mercados internacionales. El gato negro me saludó cortésmente y procedió a acurrucarse en mi regazo. Durante todo el tiempo que duró nuestra conversación, el gato negro me permitió que acariciara su lomo. No debe interpretarse con esto que él estaba siendo encajoso. Ésta es una deferencia que los gatos del Jardín Botánico tienen con los visitantes más selectos o con las personas que, como era mi caso, reciben una entrevista por recomendación de la cancillería.
El gato negro, aunque habla con franqueza y nunca recurre a respuestas retóricas, es bastante cauteloso al externar sus opiniones, que son siempre moderadas. Debo confesar que me intimidé un poco al hablar con un felino tan ecuánime e inteligente. El se dio cuenta perfectamente, y me hizo notar, que buena parte de lo que digo es una exageración o de plano una mentira. Me apenó un poco que el gato negro me pusiera en evidencia tantas veces, pero supongo que para él no fue ninguna novedad.
Hablamos un poco de todo, pero sobre todo de política y de economía. Desafortunadamente, por un compromiso que hice con el personal de la cancillería, mismo que no pienso deshonrar, me es imposible reproducir en este foro virtual las opiniones del gato negro. Lo que sí les puedo decir, es que antes de concluir nuestra entrevista le pregunté su opinión sobre asuntos meramente personales, que era lo que en verdad me interesaba más. Después de exponerle detalladamente mis proyectos a futuro y mi situación emocional, él hizo las siguientes dos observaciones: primera, que debería dejar de pensar en tantas banalidades y enfocarme a hacer cosas productivas, así no tendría que mentir tanto; y la segunda, que soy un necio descocado por codiciar al hombre del prójimo, y no porque esto constituya un pecado—que sí lo es—, sino porque yo llevo absolutamente todas las de perder en el asunto. Al parecer, no basta con desear las cosas intensamente para que se vuelvan realidad, la vida no es así.
Mientras escribo estas líneas, la polémica periodista Olga Wornat está siendo procesada por sugerir en un artículo (publicado en el semanario Metamorfosis) que algunos de los gatos del Jardín Botánico deberían ser castrados para contener la sobrepoblación que actualmente se observa. Ahora sí llegó demasiado lejos.
martes, 17 de julio de 2007
sábado, 14 de julio de 2007
Este invierno
Esta ciudad es en verdad bellísima, llena de plazas y palacios. Prácticamente no hay adefesios arquitectónicos. Hay un café en cada esquina. El café es bueno y la gente interesante. Ahora estoy en uno que me gusta particularmente. También es una ciudad para caminar, no para manejar una SUV; estar lejos de Estados Unidos tiene sus ventajas. La gente se viste mejor que casi en ninguna otra parte del mundo. Así es Barrio Norte, separada por la Avenida Santa Fe de la acumulación de ignominia que es Buenos Aires, con sus barrios wannabe. Los barrios wannabe folklóricos de La Boca y San Telmo, el barrio wannabe Soho que se llama, aunque no lo crean, “Palermo Soho”, el barrio de “Palermo Hollywood” (no me he tomado la molestia de visitar este último) y otros tugurios por el estilo; esperemos no terminar alguna noche en la orilla equivocada de la Avenida Santa Fe.
Hace una semana nevó por primera vez desde 1910. Con el frío me dan ganas de comer empanadas y alfajores. Toda la comida aquí engorda. Ahora el clima ha mejorado un poco. Estoy feliz porque en las próximas semanas voy a leer todo lo que quiera (ya tuve suficiente de caminar todo el día de arriba para abajo) y feliz de estar conociendo esta ciudad (incluso algunas cosas del lado malo). También me siento un poco solo. Creo que estoy muy intransigente en estos días y conocer gente nueva me resulta cada vez más difícil. Cada vez me gusta más la ropa cara, lo cual es de preocuparse si consideramos que técnicamente soy estudiante de nuevo. Seguiré con mi filosofía de no fijarme demasiado en los precios “hasta que la realidad nos alcance” (esa filosofía es una de las mañas que le aprendí a mi primer novio; Dios lo bendiga). Me gustó sobre todo un chaleco de cuero carísimo. Ya se que la idea de un chaleco de cuero suena imperdonable, pero este es un chaleco distinto al que segurmente se imaginan (distinto al menos a esos chalecos Guess que eran impresindibles hace quince años). A veces siento que soy un viejo prematuro. Como algunos compañeros de cierta institución académica de excelencia, cuyos nombres no voy a mencionar aquí. Cada vez me vuelvo más de derecha para algunas cosas; me pregunto hasta dónde llegaré. Espero que todo esto sea una etapa, pero me temo es sólo el principio.
Hace una semana nevó por primera vez desde 1910. Con el frío me dan ganas de comer empanadas y alfajores. Toda la comida aquí engorda. Ahora el clima ha mejorado un poco. Estoy feliz porque en las próximas semanas voy a leer todo lo que quiera (ya tuve suficiente de caminar todo el día de arriba para abajo) y feliz de estar conociendo esta ciudad (incluso algunas cosas del lado malo). También me siento un poco solo. Creo que estoy muy intransigente en estos días y conocer gente nueva me resulta cada vez más difícil. Cada vez me gusta más la ropa cara, lo cual es de preocuparse si consideramos que técnicamente soy estudiante de nuevo. Seguiré con mi filosofía de no fijarme demasiado en los precios “hasta que la realidad nos alcance” (esa filosofía es una de las mañas que le aprendí a mi primer novio; Dios lo bendiga). Me gustó sobre todo un chaleco de cuero carísimo. Ya se que la idea de un chaleco de cuero suena imperdonable, pero este es un chaleco distinto al que segurmente se imaginan (distinto al menos a esos chalecos Guess que eran impresindibles hace quince años). A veces siento que soy un viejo prematuro. Como algunos compañeros de cierta institución académica de excelencia, cuyos nombres no voy a mencionar aquí. Cada vez me vuelvo más de derecha para algunas cosas; me pregunto hasta dónde llegaré. Espero que todo esto sea una etapa, pero me temo es sólo el principio.
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